Decía Pirelli, en aquel famoso eslogan de los años 90, que “la potencia sin control no sirve de nada”. Pues lo mismo ocurre con el trabajo de marca personal, que sin estrategia no sirve absolutamente para nada.

Hace ya un tiempo que el concepto de “marca personal” parece haberse convertido en la panacea que permite solucionar todos los males del universo. Y no, no voy a ser yo quien reniegue de las bondades de trabajarla, porque bien dirigida y convenientemente monetizada, puede suponer un negocio rentable y sostenible.

El problema es que el mercado está lleno de marcas personales que se esfuerzan mucho en la forma, pero muy poco en el fondo. Muchas frases bonitas, muchos selfies con filtros californianos, pero sin un mensaje que aporte, ni importe.

No creo ser yo la única que observa de manera generalizada, que muchas marcas hacen excesivo (o incluso único) hincapié en el “cómo”, es decir, en las acciones concretas que llevan a cabo para visibilizar su marca, pero muy poco en el “qué”, es decir, en la estrategia detrás de todo ese “show off”. Y esto se hace especialmente relevante cuando hablamos de marca personal. ¿El motivo? Pues porque en ese caso, el producto es extremadamente volátil.

Ya sabes que soy de ejemplos, así que aquí vamos con uno que me ayude a ilustrarte esta reflexión:

Si tú tienes un líquido marrón, cuya fórmula secreta descansa bajo siete llaves en Atlanta, lo embotellas en un recipiente con forma de mujer y le cuentas al mundo que este producto es “la chispa de la vida”, eso será así aquí, en Chile, en Nueva Zelanda o en Japón.

Incluso si nos referimos a servicios, que son mucho más difíciles de estandarizar, los protocolos te ayudan a que tu café te lo sirvan exactamente igual en el Starbucks de la plaza Catalunya en Barcelona, que en el de la Estación Central de Kyoto.

Sin embargo, en el caso específico de una marca personal, el “producto” en sí mismo es un ser humano, alguien que siente, padece, piensa, evoluciona, que tiene luces y sombras, cambios de humor y de opinión. El “producto” que vende la marca personal es el “valor” de esa persona, con la dificultad añadida de que ese valor puede verse alterado por todos los factores que acabo de enumerar.

Por lo tanto, la pregunta es: ¿y cómo gestionamos esa incertidumbre a nivel de marca? Porque la verdadera estrategia de marca no va de salir sonriente en las fotos, ni de mostrarte súper ingenioso en las redes sociales. Ten en cuenta que puedes caer fatal, incluso luciendo una sonrisa de un millón de euros (que se lo digan a Cristiano Ronaldo, y que me perdone el madridismo).

Así que, si en el caso de una marca corporativa la estrategia es necesaria, en el caso de una marca personal resulta imprescindible. Es la estrategia lo que te ayudará a conseguir lo verdadero, lo atractivo y lo real del personaje, mostrándolo al mundo de forma auténtica y coherente.

Para definir adecuadamente esa estrategia debes tener en cuenta:

  1. Quién eres y cuál es tu historia: saber cuáles son tus habilidades y talentos, de dónde partes, por qué decidirte lanzarte a visibilizarte como profesional y dónde quieres llegar te ayudarán a definir el propósito de tu marca.
  2. Tus objetivos a corto, medio y largo plazo: los que te ayudarán a poner en circulación tu negocio de marca personal y los que te acercarán al posicionamiento que siempre soñaste tener.
  3. Tus audiencias: las personas que quieres que te conozcan para consumir tus productos y servicios, las personas de tu entorno con las que te gustaría relacionarte porque mejorarán tu posicionamiento, y esos clientes que quieres tener a largo plazo.

Si estás inmerso en la creación y desarrollo de tu marca personal, por favor, no renuncies a la estrategia. Es más, basa todas tus decisiones en ella, utilízala como eje transversal de tu marca. Es a partir de ahí desde donde podrás crear las acciones tácticas que te ayudarán a alcanzar tus objetivos. Porque te garantizo que, si lo haces al revés, te será muy difícil construir una marca personal que sea sostenible en el tiempo.